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Crawl on Your Belly | Lyonett

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Crawl on Your Belly | Lyonett

Mensaje por Sebastian Morgenstern el Lun Oct 02, 2017 12:21 pm


¿No son todos los ángeles, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación? —Recitó el sacerdote desde el altar.
Los haces solares penetraban a través de los vitrales de la concurrida Iglesia. Los bancos no dejaban espacios vacíos allí donde más cerca se encontraban del padre. Alrededor de los feligreses, estatuas exquisitas de santos y representaciones de los apóstoles yacían puras e inertes; vigilantes y protectoras.
Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos —Continuó el padre— Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución.
Entre los oyentes, una mujer yacía con sus manos entrelazadas y un rosario serpenteando entre sus dedos. Llevaba un pañuelo en su cabello, y una gabardina mojada por la lluvia que, hacía ya rato, se había detenido.
Es palabra de Dios.
Te alabamos, Señor —Respondieron al unísono los presentes.
La mujer alzó la vista hacia a figura crucificada de Jesucristo, y alguna plegaria dentro de ella resonó fuertemente sin ser pronunciada.
El cura hizo una seña para que los monaguillos se acercaran al coro, y luego el piano comenzó a sonar con notas mundanas y sin distintivo.
Quienes quieran colaborar al mantenimiento de nuestra noble Iglesia, pueden dejar su contribución en la...
El suelo comenzó a temblar de improviso. Una sacudida leve, pero innegable, que fue creciendo con el pasar de los segundos. En la multitud, alguien grito cuando la figura de un santo cayó al suelo y se rompió a la mitad; su cabeza girando por el suelo.
Algunos amagaron a levantarse, pero el temblor era ahora tan potente que resultaba difícil siquiera mantener el equilibrio.
¡No teman! ¡El Señor nos protege, está con nosotros!
La mujer alzó el rostro desde el suelo, y vio como el cura era cubierto por una deslumbrante haz de luz blanco. Miró hacía arriba, y ante su desconcertados ojos, esferas de brillante luminosidad flotaban sobre ella.
¡Sí! ¡Sí, mi respuesta es sí! —Oyó gritar a alguien.
Al mirar hacia ese lado, vio a un hombre vestido con un traje gris y viejo, con los cabellos desordenados y una barba de varios días. Vio como una de las esferas se dirigía hacia él, y, tras una brillante explosión, se desvanecía.
El hombre se volteó hacia la mujer. Su rostro era ahora sereno, calmado; como una estatua de mármol viviente. Y sus ojos brillaban de blanco puro.
La suntuosa araña del techo se desplomó en el pasillo, haciéndose mil añicos y aumentando aun más el pavor y desconcierto general. La mujer se volteó hacia una niña que gritaba, y presenció como otra esfera de luz se hundía en ella; dándole esas innaturales pupilas.
Escuchó, entonces, un zumbido fuerte que ahogó todo ruido a su alrededor. Era como una cuerda de violín que jamás cesaba de retumbar; tan doloroso como placentero.
Sí... Sí —Contestó al aire.
Y entonces, una intensa luz blanca se adueñó de su mente. Todo fue sustituido por el más puro, impoluto destello angelical.
La mujer entonces se alzó de sus rodillas. Observó a su alrededor, y vio como la niña, el hombre de traje, y otra media docena de personas yacían también sobre sus pies.
Ustedes que están de rodillas.
Exclamó en voz baja.
Debieron haber dicho que sí.
Llevó su mano a sus cabellos, y se deshizo del pañuelo; soltando una larga melena rubia. Dejó caer la prenda, y luego asintió con dirección a las esferas de luz. Estas, como si se hubieran enfurecido, brillaron con más intensidad que nunca.
Sólo que esta vez, todos los presentes recibieron horribles quemaduras en la piel; y al mirar hacia los diminutos soles, sus cuencas oculares ardieron hasta dejar sólo agujeros vacíos y sin vida.



Sebastian abrió los ojos.
Esto no era bueno. Que tantos hubiesen bajados, y que fueran tan fuertes. No era normal.
¡Juro que no sé nada, lo juro! ¡Yo..., yo sólo trabajo para él!
El muchacho gritaba desde la silla frente a él. La mirada del ángel se paseó por el cuerpo frente a él; maniatado sobre una vieja silla y bajo el reflejo de una luz mortecina.
Un ángel de cabellos grises se aproximó al prisionero y apretó un cuchillo ardiente sobre su cara. Los gritos agónicos inundaron la habitación, mientras el desagradable olor a carne quemada se hacía sentir.
La próxima, te arrancaré la cara si no contestas. ¡¿Quién realizó el ataque en Chinatown?!
¡Yo, yo...! ¡Nunca supe nada al respecto!
Sebastian se alzó de su silla.
Con sólo ese gesto, los torturadores se apartaron de él. La silueta alta y trajeada se mantuvo así unos segundos, mirando sin mirar a la victima.
¡Señor Morgenstern, lo que sé es lo que les he dicho, nada más!
El ángel sonrió a medias. Caminó en torno a él, y cortó las ataduras.
Descuida, lo sé.
Y con esas palabras, la daga angelical se abrió paso a través de la carne y las ropas del torturado. Las pupilas cambiaron de repente; tornándose del color del azabache. Destelló de luz roja resplandecieron brevemente de las cuencas del cuerpo, y entonces este cayó inerte sobre el respaldo de la silla.
Sebastian sacó un pañuelo y limpió la hoja de su daga; ante la mirada atónita de sus hombres.
Estamos lidiando con el bando equivocado. No fueron los demonios.
¿Que quieres decir? —Preguntó el de los cabellos grises.
Sin contestar, deshizo su corbata. Simplemente se dirigió a la puerta.
Envíame el paradero de la pequeña Schmidt —Ordenó, recordando por unos minutos, el siseo de una serpiente— De preferencia, antes de que la maten.
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Re: Crawl on Your Belly | Lyonett

Mensaje por Lyonett Schimdt el Sáb Oct 07, 2017 4:52 pm

Lyonnet se había transformado en una bolita mientras que con la otra mano intentaba regular la temperatura del agua de la ducha. Había pasado una semana desde el incidente que "casi" desapareció de los brazos de su amo pero para decir verdad lo estaba exagerando demasiado.

Tapo el rostro con sus manos mientras intentaba controlar el temblor de su cuerpo... Odiaba sus ataques, siempre metiéndose en momentos que resultaban importantes para Lyo, si sus ataques tuvieran la forma física de un humano seria la primera en amarrarlo a una roca y lanzarlo a la parte más profunda del mar.

Saliendo de si cavilaciones procedió a limpiar su cuerpo intentando ahuyentar los malos pensamientos, no quería empezar aquel día de mala manera, desde que llego a su nuevo hogar tenia la costumbre de apilar cojines al lado de la puerta de la oficina de Aengus y devorarse libro tras libro que traía de la biblioteca pero quería hacer algo nuevo, desde que formaba parte de la mercancía de la tienda no se tomo el tiempo de explorar la ciudad de Sakurai y eso era lo que planeaba hacer.

¡Joosh! ¡Todo esta en orden! — Paso las manos por el kimono rojo que llevaba puesto para quitarle las arrugas, tomando un vaso de leche se acerco a la puerta, abriéndola.

¡Swan-san, saldré por un rato! — No espero ninguna respuesta, cerrando la puerta, se metió en el primer bus que estuvo en la parada con destino desconocido. Ladeo la cabeza mientras giraba su cabeza en todas las direcciones, no existía ningún sonido, autos, pájaros, personas, nada, ¿Que sucedía? La preocupación era evidente en su rostro.

¿Estaré... en medio de la nada? — Se froto las mejillas mientras avanzaba con pasos tímidos por la nada. — ¿E-eh? ¡¡Hiyyaa! — Soltó un grito cuando sintió un jalón de su cabello.
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Re: Crawl on Your Belly | Lyonett

Mensaje por Sebastian Morgenstern el Dom Oct 08, 2017 12:34 pm

El gritito agudo le hizo recordar a Sebastian a una familiar, e igual de escandalosa niña.
Silencio.
El ángel miró a las pupilas vacías de la joven. Era ella, de eso no cabían dudas. Pero, ¿dónde estaba la serpiente? ¿Por qué tenían que separarse justo ese mismo día?
Una sensación de electricidad le recorrió el cuerpo. Ya venían.
Puso dos dedos sobre la frente de la niña, y visualizó un edificio elevado, en su cabeza; lejos de allí. Y con ese sólo pensamiento, ambos desaparecieron del lugar.
Instantes después, cuatro figuras vestidas en trajes grises aparecieron en el mismo lugar. En sus manos blandían espadas cortas.
El mayor de ellos, el hombre desaliñado que hacía unos momentos había estado en una Iglesia, llevaba un semblante frío y asqueado.
Ese era...
—Respondió la niña— Es él.
La mujer rubia ponderó durante varios segundos, y luego vociferó.
Sepárense y búsquenlos. La prioridad es la serpiente.
Entendido —Contestaron los demás al unísono.
Y sin mediar más palabras, desaparecieron del lugar.



Sebastian soltó a la niña, y flexionó su rodilla sobre el piso.
Se encontraban en la azotea de un instituto escolar. Se alegró de que no hubiesen allí las típicas y cliché imágenes de adolescentes almorzando, o jugando a ser niños malos con cigarrillos.
Tsk —Se quejó por lo bajo.
Había tenido que recorrer una enorme distancia para llegar a Lyo antes que sus tan llamados hermanos. A eso se le sumaba haber tenido que llevársela de inmediato de allí.
Puede que te sientas con nauseas —Le aclaró el ángel— Siempre pasa la primera vez. Te acostumbraras.
Hacer desaparecer una persona y aparecerla en otro lugar era un don natural para los ángeles; agotador, pero tan intrínseco como respirar. Sin embargo, para un ser terrenal, era el equivalente a ser atado a la cola de un cometa.
Sebastian se levantó.
Lyonnet, debes estar confundida. Pero ahora mismo, necesito que contestes —Se dirigió hacia ella a paso rápido— ¿Dónde está tu...? —Sus ojos se encendieron interrumpiendo la frase— ¡ABAJO!
Con un ademán rápido, Sebastian empujó a la niña hacia el suelo con su mano derecha. Y con la izquierda, desenfundó una espada corta.
Ésta chocó en un sonido metálico y seco; un arma idéntica había detenido su paso.
Frente al pelinegro, se encontraba un hombre de edad media de cabellos negros y desordenados. Había salido de la nada misma, e intentado cortar el cuello de Lyonnet. Sebastian había reaccionado a tiempo para quitarla de la trayectoria de la hoja, y neutralizado la misma con la suya.
¿Eres tú el que está detrás de todo esto? —Le preguntó— Justo cuando pensaba que no podías caer más bajo, te conviertes en niñero de demonios.
Gadreel... No has cambiado. Sigues siendo el chico de los recados.
Rápidos choques de ambas dagas siguieron a ese intercambio. Sebastian ganó terreno e hizo retroceder al adversario. Aprovechando la ventaja, se dirigió junto a Lyonnet y tomó el rol de barrera entre ella y el enemigo.
Sabía que eras un ser vil, Sebastian, pero... ¿tratar con demonios? —Gadreel extendió su daga a un costado y luego apuntó a Lyo— ¿Tratar con eso?
El pelinegro le dedicó una sonrisa sarcástica.
Tengo una debilidad por las damiselas en peligro —Exclamó, retrocediendo para asegurarse de que Lyo estuviese justo detrás de él— No que tú sepas nada de mujeres, claro.
Gadreel se abalanzó sobre ellos.
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